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“Cartonear”, un expandido hábito y oficio en Argentina

agosto 31, 2009

Gladys es cartonera en San Martín durante los fines de semana a la noche. Lleva 30 años en esta actividad que le provee el dinero que necesita para el guiso de todos los días.

En la oscuridad de la noche muchas familias salen a trabajar mientras otras vuelven de hacerlo. Juntan papeles blancos: cartones, diarios, papeles. Gladys es cartonera en San Martín desde los 6 años. ”Junto en el fin de semana y después lo vendo en un botellero, me hago 100 mangos, mucha gente ya me da a mí porque me conoce”, manifiesta. No es el trabajo ideal ya que esta ciudad se pone aún más peligrosa cuando baja el sol. “De noche se escuchan tiros y hay peleas, también hay paco, pervertidos y prostitución”, confiesa Gladys.

A pesar del calor y de la humedad sus manos están secas y envejecidas. También es empleada doméstica en un country llamado Santa Bárbara. En Pacheco, donde ella vive, se ven las diferencias sociales que fragmentan a la sociedad. Gladys aclara:”Trato de no fijarme en la distancia entre nosotros y los más pudientes.”

Gladys tiene tres hijos de dos parejas. Su baja estatura y su aspecto juvenil y fresco aunque cansado no reflejan sus 36 años. Andrea es su hija mayor y tiene 22 años. Ella vive con su pareja y tiene una hija propia llamada Marina. Maximiliano y Ezequiel son sus hijos menores y viven con Gladys y su actual marido, Ricardo. Ambos van a la escuela y acompañan a su madre a “cirujear”. “Hoy, hasta para barrer te piden diploma, sino no sos nadie y terminás trabajando en la calle“, afirma Gladys.

Gladys junto a su marido y sus hijos en su casa. Esta foto me la regalo Gladys.

Gladys con su familia en su casa. Esta foto me la regalo ella.

Ella expresa:”Sufrimos, no teníamos una triste sábana con Ricardo pero nos amábamos. Ahora es distinto, ya no tenemos una pieza de madera sino que tenemos una casa de material, es decir, de ladrillos. Ahora cada uno tiene su pieza y tenemos una cocina, un baño y un comedor.”

Gladys tuvo que atravesar muchos obstáculos a lo largo de su vida. Su infancia fue dolorosa e intensa. “No conozco lo que es un baile, ni lo que es saludar a alguien en un baile, mi papá no nos dejaba salir a jugar ni a pasear”, exterioriza.

Ella nació en Morón donde se crió con sus 8 hermanos y sus padres. Dos hombres dejaron recuerdos imborrables y penetrantes en la mente de Gladys: su padre y su primer marido. Su papá se ponía borracho y mandaba a sus hijos a ”cartonear” en la soledad de la noche.

Gladys afirma: “Venía pensando en escaparme de mi casa. Un día llego del colegio y mamá me dice, papá está empedo. Él me pegó con unas cadenas gruesas. Ese día me escapé y nunca más volví.” Con sólo 12 años durmió en la estación de Hurlingham durante un mes. Ella cuenta que lloraba sin cesar y que en pleno invierno se tapaba con su guardapolvo. Nunca más volvió al colegio, “pero sé leer y escribir”, ratifica Gladys.

Al mes conoció a su primera pareja, él también le pegaba y tampoco trabajaba. “Pensé que juntándome con este tipo mi papa no me iba a joder más y así pasó”, explica la protagonista de esta historia. El miedo la paralizaba y nunca se animó a denunciar a ninguno de los dos.

El destino finalmente la cruzó con un hombre que la cuidar y la respeta. Pero las cosas tampoco fueron fáciles con él. Cuando Ezequiel tenía 3 meses, Ricardo sufrió un accidente que cambió la vida de toda la familia para siempre. “Mi marido tenía 28 años cuando trabajaba en multicanal. Un día, lo asaltaron y le pegaron un tiro”, revela Gladys con cierta melancolía. Desde entonces, su marido es paralito y no tiene posibilidades de trabajar.

Gladys cuenta que es triste porque, por el accidente, no pueden tener hijos ni relaciones sexuales y además, ella debe ocuparse de todo. “Tengo que trabajar, cuidar al nene y atenderlo a él que a veces está mal emocionalmente. Nunca pude decir en voz alta, no voy a poder, estoy cansada, aunque sí lo sentí muchas veces.”, afirma Gladys. Gran parte del dinero de la familia se destina a medicamentos y gasas para él. “Pero me alcanza para hacer un guiso todos los días”, explica Gladys.

Gladys manifiesta que le hubiese gustado ser enfermera o maestra jardinera. También confiesa con gran optimismo, que sueña con que sus hijos lleguen a ser los que ellos deseen ser. Para ella ser alguien es sinónimo de trabajo, honestidad y esfuerzo. Admite que cree profundamente en San Expedito el Santo “de las causas justas”. Ella le pide que la ayude a seguir adelante.

Como lo ví:

Puntual y expectante, Gladys observa a su alrededor buscando aquella mirada que la había citado, ese día, en esa estación de servicio de General Pacheco. Desde el comienzo fue muy agradable. Empezó contestando preguntas y terminó narrando y compartiendo, con cierta resistencia y distancia, aspectos íntimos y dolorosos de su vida. Me ayudó a entender que la pobreza y la falta de educación llevan a los hombres a cometer ciertos pecados y a padecer ciertas desgracias como la violencia, el desamparo, la miseria. Sin embargo, es una mujer fuerte, trabajadora y optimista que mira para adelante.

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